adyuvante
En mi adolescencia tuve una relación muy importante para mí. Había estado enamorada largos años de este compañero del colegio y por cuestiones religiosas, él me había dicho que no podía estar conmigo porque también amaba a Dios y lo elegía a él. Muy fleabag todo.
Me gustaba mucho. Sentía que, en algunos aspectos éramos iguales y yo admiraba su manera de relacionarse con otras personas, su labia, su manera de expresarse.
Por fin estuvimos juntos. Fueron los meses más intensos del 2004. Me escribía cartas hermosa y me hacia regalos excéntrico.
Hasta que me vio llorar y me preguntó porqué lloraba. Le expliqué pero no entendió.
Nos veíamos todos los días en el colegio. No éramos compañeros de sala, pero nos veíamos todos los recreos, nos juntábamos con amigos, regaloneábamos en público. Él era muy cariñoso, de piel. Me encantaban sus abrazos. Me hacían sentir segura y correspondida. Pero prácticamente el único día que teníamos para estar solos era el sábado. Era el único día que podíamos conversar largas horas, caminar por la costanera, juntarnos a ver una peli tomados de las manos. Ahora que lo conocía más, lo admiraba más todavía.
Y un sábado me preguntó si le daba permiso para juntarse con sus compañeros de curso, lo que significaba que no nos veríamos a solas ese fin de semana. El anterior tampoco porque tuvimos una actividad del colegio y al fin de semana siguiente él se iba de viaje con su familia. Le expresé con claridad que me encantaría estar con él, pero que obvio que también quería que estuviera con sus amigos y compartiera con ellos, que no tenía que pedirme permiso. Y se molestó porque antes de dar mi aprobación, le manifesté que quería estar con él. No quería nunca que le dijera cómo me sentía realmente. Siento que nunca pude ser realmente vulnerable con él. Lo que me llevó a habitar un estado de bajón constante. Me sentía insegura y triste y no quería que se cansara de mí, pero finalmente eso fue lo que terminó por cansarlo. Que yo estuviera triste todo el tiempo.
Los dos cambiamos. Crecimos.
Yo ya no estaba triste y supongo que eso hizo que me viera de nuevo de una manera distinta. Mas no definitiva. Me quiso, pero no me eligió. Y así estuvimos en un vínculo confuso otros largos años. Le dije que lo amaba y expresamente le dije que quería estar con él. Pero él me dijo que no sabía si me amaba y que si nos comprometíamos a estar juntos demandaba mucho tiempo y energía. "y estamos lejos y tendríamos que hablar todos los días por teléfono"... Ya hablábamos todos los días por teléfono, así que nunca entendí esa parte.
Hasta que me aburrí yo. Nunca me cansé de él o del vínculo que construimos en muchos años de estar juntos intermitentemente. Ahora somos muy amigos. Siento que me entiende y quizás sea la única persona a la que le haya contado cómo me sentí cuando falleció mi papá, el vacío enorme que sentí tratando de guardarme la pena viajando por el mundo, lo mal que me dejó terminar con cafacho, lo cansada que estaba de Sebastián, lo angustiada que me sentía ese frío jueves de agosto y que le escribí que necesitaba tomarme algo; cianuro le dije, como broma. Y no hablamos de nada serio. Ni tuve que contarle qué me tenía tan aproblemada. Solo compartimos y ya me hizo sentir acompañada.
No somos íntimos amigos. Ni hablamos todos los días. Pero he aprendido mucho con él. Sobre mí misma y sobre mis vínculos. A veces es juicioso y otras veces comprensivo. Todo en la medida de su sabiduría, muy basta por cierto.
En largos años, nunca más le dije que lo quería, que es mi persona ancla, mi muleta alguna veces. Quizás nunca dejé de amarlo, quizás nunca lo amé, y solo fue un estado de limerencia que parecía perpetuo, pero que mudó a otra cosa más sana y genuina. Ser adyuvante
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