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Mostrando entradas de abril, 2016

Misiva de abril.

Pirata Y si ahora te viera, me acercaría a ti en un abrazo que no corresponderías. Y pondría mi oreja derecha sobre tu pecho para saber si todavía estás vivo. Tú seguirías con tus brazos pegados a tu cuerpo y yo en un gesto de alcanzarte, alzaría mis brazos sobre tus hombros al rededor de tu cuello y pondría mi nariz detrás de tu orejita izquierda para sentir tu inolvidable olor a nada. Y tomaría tu cabeza y tu mirada estaría fija en un horizonte tan lejos de mis ojos. Pondría mis labios en tu quijada o en tu mejilla si acaso me alcanzara el gesto; pareces tan alto y tu cara se ve tan lejos. Inclinaría uno de tus pómulos hacia mí y pondría en él un último beso. Mordería mi lengua para no decirte cosa alguna y te dejaría.  Me daría vuelta hacia la nada y giraría mi torso y mis ojos hacia ti para verte una última vez; pero ya no estarías. Entonces te dejo en paz para siempre.

Misiva de fin de enero.

Y me abrazas de repente, sosteniendo mi tristeza entre tus brazos. Me desarmo y se desparrama sobre tu abrazo todo este dolor. Tu ensordecedora indiferencia me besa la frente y casi por inercia tu boca me pide perdón.  Me abrazas con tanta culpa y con tanta ausencia; pero ya no estabas conmigo hace tanto tiempo. Un resquicio de soledad te acunó cuando dormías. Desde esa noche, he muerto noventa veces, o más. He muerto y ni cuenta te diste.  Tu indiferencia me besa cada noche la frente, me besa y ni cuenta te das.

Textraño.

Y si tus ojitos pudieran verme ahora, si un rayo de luz atravesara esta vez mi corazón, si un halo de certidumbre me besara los párpados, sabrías entonces cuánto me ha costado tu ausencia. Te extraño tanto, te extraño tan insoportablemente. Parece que fue ayer que tus ojitos me miraban; pero ha pasado tiempo. Las horas se atascaron cuando se te cerraron los ojos. Las cosas ya estaban, lo que pasó ese último día no hizo la vida diferente, sino definitiva. Mi corazón se quedó contigo, allá tan lejos, no sé dónde exactamente; el norte ya no era el norte, el cielo ya no estaba arriba, la vida después de la vida ya no era nada. Oculté entonces la desdicha de perderte, de quedarme en esta vida con tu ausencia, de caminar sin música en los oídos, de tener que olvidar tu voz adolorida. Extraño ahora que me cuentes, que me digas, que recites tus versos repetidos, que el discurso te salga quebrado entonces, que te quejes, que anecdotices cada eventualidad, que digas versos sin sentido, que tu di...

De mi país.

Qué dolorosa pareces desde entonces, con tu extensión taciturna y a veces errante; de tierra versátil y caudalosa. Oprimida y no resuelta, arrodillada te entregaste al opresor. Que dolorosa entonces, cuando anduve con mis pies descalzos y mi andar errante. No te acuerdas, pero una noche, con las embriaguez de los días me atraparon tus raíces y me dejaste ir, ser y hacer, pero me pediste que volviera y te besara los párpados y te abrazara hasta que te quedaras otra vez dormida. Tierra dolorosa, Patria telúrica y anegada. 

Lo justo y lo necesario.

Lo justo era que tus ojos me vieran, lo necesario, cerrarlos bien antes de verme; lo justo era cavar con las manos, lo necesario era sacudir algunas penas;  lo justo era juntar las piezas que se te habían perdido, lo necesario, que yo te abrazara infinitamente;  lo justo era escuchar la verdad, lo necesario, que se quebraran entonces mis palabras;  lo justo era que sincronizáramos el olvido, lo necesario fue tomar distancia;  lo justo era que me amaras todavía, lo necesario fue pedir perdón sin ser perdonado;  lo justo era arriesgarse, lo necesario era entonces perderse en otras latitudes.  Lo justo es olvidar ausencias; lo necesario es una canción que no me copie el sentimiento.