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Aéroport de Zaventem

Era el último día de enero del 2016 y ya tenía que retornar a mi vida. No parecía un día de viaje; yo tenía una sonrisa plantada en la cara y la voz indecisa por el nudo que me aprisionaba las palabras en la garganta. Check-in, dejar maletas, nos tomamos un café, caminamos mudos por el aeropuerto. Nada nos delataba, parecíamos dos personas puestas casualmente bajo ese cielo; no parecíamos una promesa en pausa, tras la despedida de los aviones que no retornan a su original destino. No éramos promesa alguna... Se posó en mi boca una última canción llena de suspiros, se llenaron mi ojos una última vez de tu presencia, se llenó mi cuerpo de tu último abrazo. Yo no estaba feliz y tampoco tenía idea cuánta tristeza iba a albergar tu cuota de ausencia. Pero todo lo que te dije era verdad, mis últimos besos desesperados estaban llenos de mí, de mi amor, de mi dolor, de mis lágrimas...  Llegué a destino y estoy rota, ajada, perdida dentro de las cuatro paredes de mi habitáculo que se ...

Dormir.

Que asertiva ibas por el mundo, ligera de culpas y de llagas, tupida de certezas definitivas. "Estoy equivocada" -pensaste, y tenías razón; siempre tienes razón.  Hay certezas tan duras a las que te aferras, aunque al fin del día abran llagas y te recuerdan que estás repetida. No dejaste de ser, no cambiaste, no significaste otra cosa, no supliste, no llenaste, no rompiste, no vaciaste. Y si, eres sombra o halo o humo; te deshaces y pasas. Eres una canción mal escrita. Entonces te pueblan oscuros pensamientos; te estás muriendo sin morirte...algo va a pasar, algo tienes que hacer. Dormir para siempre, dormir para siempre. 

Otro.

Llegar, perderse, quebrarse, volver. Ser otro.  Hay entusiasmos ajenos tan fáciles de abrazar, hay ausencias que se vienen tan encima que parecen de verdad. Hay metáforas que tienen que hacerse carne y besos y aliento. Hay ay. Despertar y creerse merecedor de las certezas, sentir sin medidas, darse, estar, aprender de la constancia y desear tanto bien. Despertarse en tus ojos; unos ojos tan pequeños y sinceros que no tienes que decir o tocar, tus ojos me bastan para saber. Un poder oscuro me llevó a despertar pensándote un día. No me arrepiento. A veces hay que quebrarse y morir para darse cuenta. No me arrepiento; nunca tuve un corazón bombeando tanta verdad... A veces hay que quebrase y morir para darse cuenta que eres el pez muerto que arrastra el río y se golpea con la pedregosa orilla. Cuando llegué a ti quise escribirte que "siempre acabamos llegando a donde nos esperan". Quise. Pero tus ojos hablaron primero. Tu silencio otorgó tanto más que tus palabras.  Entender, ab...

Misiva del segundo mes

Veinte. Veintitrés treinta. Veintitrés treinta y cuatro. "Estás esperando hace mucho rato?" Ese primer catorce bastó.  Largos cinco versos dibujan tu discurso y a veces me rozan - espero que no sea una casualidad. Cero cero ante merídiem. Estoy esperando que los minutos se ladeen, que el tiempo se detenga, que un abrazo me deshoje, que la sed de sus ojos se sacie mirando los míos.  Qué tiene, qué tenemos. Nada vacila, nada titubea. El silencio se pobló de incertidumbres moribundas, de su voz infalible, de sus ojos constantes.  Te estoy buscando, esperando, anhelando que las horas no se cansen de nosotros, que el dos mil quince se fracture, que Dios te cuide; que un día - por fin- mi mano se encuentre con la tuya y no sea una casualidad. ¿Me estás esperando hace mucho rato?. Tercer catorce. Feliz tercer catorce. 

Me voy.

Miré tus ojos y te besé la sien. A veces te miro mientras pasan las horas, a veces te escucho. Hablas contigo y peleas con el silencio, con las horas oscuras, con las cadencias o el siglo XXI. Me encanta cuando pasan las horas y estás. No importa si tu boca no me habla o tus ojos no me miran a los ojos, o si tus manos prefieren trabajar meticulosamente en alguna empresa nueva. Estás y es suficiente. Eso basta.  Ahora me visto y me voy. 

Anecdotario ausente.

No sé qué año vivimos. Pero es jueves, y hay poco huavonaje trabajando y pocos pendejos viene a clases. Terminé. Guardé mis bártulos, mi música, el violín. Salí a tu clase y te busqué. No estabai. Subí las escaleras y entré al conservatorio. No estabai. Te busqué en la oficina, en la sala de instrumentos, le pregunté por ti al gato Salas. No estabai, así que me fui. Crucé Carrera, O' Higgins y subí por Poupin. Ahí estabai. Pidiéndole permiso a una pata pa' mover la otra. Yo no lo hacía mucho mejor tampoco. Seguí mi ritmo y te seguí un par de cuadras tal vez. Te saqué una foto. Me encontré contigo y me saludaste. Te mostré la foto. "Oye, pero eso es allá abajo. Cómo no me llamaste", no quería parecer loca gritándote, "bueno, estás bastante loca como para estar a diez metros y seguirme sin decir nada todas estas cuadras. No tenías que gritar", papá estás sordo. A veces estoy al lado tuyo gritándote. "Salí y te busqué y el gato me dijo que te habías ido...

Última vez

Caminas sobre el asfalto, segura de las ideas que caminan sobre tu cabeza, segura del origen de esa empresa autodestructiva que se posó sobre tus hombros, segura de las sombras.  Y sabes que es verdad, que sus ojos no te ven y la ciudad se hace grande ante su ausencia y la inclemencia de su silencio te duele más que sus esqueléticas palabras de amor. "Si te quiero", te dijo con el estómago vacío y sus manos se escaparon. No sé a dónde, ni sé bien porqué. Y lo miras y no te ve a los ojos y te habla un poco en un dialecto que ya no entiendes. Ya no te ama. Y lo sabes, pero no haces nada. Tantas veces lo mismo y todavía no sabes qué hacer. Quieres decirle lo que te dijo Rubens antes de dejarte en la carretera; "las historias se repiten. No voy a juzgarte, pero eres igual a todas las que vinieron antes de ti. Ahora bájate y recuerda que mi casa es tu casa y que te amo". Estás repetida y cansada y amas en serie. Siempre es lo mismo.  Ya no sales a caminar. Ni hay ideas e...